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La crisis provoca el auge de la gestión de cobros

Hay entidades financieras que están yendo a buscar a los morosos hipotecarios a países como Rumanía, pero no para reclamarles las deudas, sino para pagarles el viaje de vuelta a España (a veces incluso les dan una pequeña gratificación), de modo que puedan acudir a un notario nacional y transmitir la propiedad del piso, con lo que el banco se ahorra los trámites judiciales. Otras entidades lo tienen más difícil, como aquellas que financiaron a ciudadanos británicos la compra de propiedades en el Mediterráneo, ya que cuando la crisis estalló y éstos volvieron a su país, perdieron buena parte de las posibilidades de cobrar la deuda: como en el Reino Unido no existe DNI y tampoco el pasaporte sirve como documento de identificación, buscar en Gran Bretaña a un deudor que se llame John Smith se convierte en una tarea casi imposible.

Tales ejemplos sirven para demostrar cómo nos estamos encontrando ante nuevas situaciones en el recobro de deudas. Muchas de ellas son producto de acciones arriesgadas de los bancos a la hora de conceder préstamos, otras son fruto exclusivo de una mala situación económica y otras están causadas por los cambios en nuestras sociedades. Y la morosidad extranjera es buena muestra de cómo todos estos factores se conjugan. Como afirma Pere Brachfield, experto en la gestión de créditos y en el cobro de impagados, cuando hablamos de los inmigrantes con deudas solemos pensar en los hispanoamericanos que han perdido su trabajo a causa de la crisis y que por tanto no pueden seguir abonando los pagos de la hipoteca. Y siendo cierto que esa clase de morosidad ha aumentado (“de los 2,7 millones como personas que están fichados como morosos, 691.000 son emigrantes, cuando antes simplemente suponían un porcentaje residual”) lo más llamativo es que también “se han incrementado los impagos de los nacionales de países más ricos que el nuestro, como es el caso de los británicos, que han dejado de pagar las propiedades que compraron en la costa y que se han marchado a Inglaterra”.

Pero la casuística de la morosidad no se agota en las novedades de un sector en particular, como es el de los emigrantes. El notable aumento de los impagos (estamos hablando, asegura Brachfield “de un 6% sobre vencimientos mensuales más un 2% de fallidos sobre facturación anual”) hace que estemos viviendo novedades en muy diferentes ámbitos. Así parece claro que los morosos profesionales, esos que compraron con la intención expresa de no pagar, están en descenso. Según los especialistas, esta clase de deudores, aún existiendo, son los menos, toda vez que la legislación actual hace mucho más complicado que consigan su objetivo.

Las deudas más frecuentes, señala Pepe Oriola, abogado especialista en el cobro de deudas, y presidente de la Asociación Española Profesional de Gestores de Cobro (AEGPC), se están dando, además de en sectores previsibles, como el inmobiliario, en los créditos al consumo. Según J. S., director de una sucursal bancaria, hay gente que está viendo cómo le embargan su piso por no poder hacer frente a los pagos de las compras realizadas con la tarjeta de un centro comercial. También subraya J.S. las dificultades que están sufriendo los avalistas, personas que ayudaron a un familiar, especialmente a los hijos, y que ahora deben responder con sus bienes de los impagos del avalado. Lo que es un problema de primera magnitud para esos matrimonios mayores que están perdiendo su única vivienda.

Junto a esta morosidad privada, hay otra industrial que, según Brachfield, tiene causas específicas. Siendo cierto que la bajada de las ventas producto de la crisis ha hecho daño a muchos empresarios, también lo es que las peculiares características de nuestro sistema comercial ha empeorado la situación. “En tanto muchas empresas vivían del crédito bancario a corto plazo (hay que tener en cuenta que en España se paga a 90-120 días, mientras que en Europa son 30 días como máximo) y como los bancos han reducido líneas de descuento, han quitado líneas de factoring y no han renovado pólizas a pequeñas y medianas empresas, éstas se han visto inmersas en una enorme falta de liquidez que ha llevado a que cierren más de 300.000”.

En esos contextos, cobrar es difícil, y no sólo porque en ocasiones haya falta de voluntad del moroso de hacer frente a sus obligaciones. Las complicaciones son de toda clase, empezando porque unos procedimientos judiciales que son demasiado lentos y que nunca se sabe cómo terminarán, y continuando por la particular tipología de los deudores. Según J. S., “hay mucha gente que no te coge el teléfono cuando les llamas, o que te cuelga cuando te identificas como el director del banco, por simple vergüenza. Se sienten tan mal por encontrarse en una situación como esa que no son capaces siquiera de contestar al teléfono”. Y esa actitud, avisa J.S., les lleva a verse inmersos en procedimientos judiciales que podrían haberse evitado si la comunicación hubiera sido la adecuada.

Sin embargo, la actitud más habitual a la hora de tratar con los deudores es la que señala P. M. abogada de una empresa de recobros: “lo mejor es ‘acojonarles’. Hasta que no les haces ver que como no paguen van a tener muchos problemas, no se sientan a negociar”. Se trata de una forma de actuación que muchos expertos cuestionan, ya que, señalan, resulta mucho más práctico examinar muy bien cada asunto en lugar de optar por soluciones uniformes. Hay que tener en cuenta que, como apunta Brachfield, el impago puede tener muchas causas: “puede ser fortuito, puede provenir de un problema emocional, o de un enfado con el proveedor, o puede estar avalado por una cláusula del contrato: hay veces que el deudor puede estar legalmente legitimado para dejar de pagar”. Además, señala Brachfield, es muy importante examinar la solvencia del deudor y saber cuándo puede contar con liquidez: “hay agricultores que sólo tienen dinero en el bolsillo cuando han vendido la cosecha, turroneros a los que sólo se puede cobrar en Navidad, o empresas de hostelería cuya época fuerte es el verano”.

Una vez identificadas las causas de la deuda y las probabilidades de cobrar, asegura Pepe Oriola, hay que trazar un plan que en muchas ocasiones pasa por “ayudar al deudor. No hay que verle como un enemigo”. Más al contrario, quienes se dedican a la gestión de deudas, “han de poseer habilidades para la negociación, han de ser capaces de escuchar activamente, de ver cuáles son las necesidades, aspiraciones y puntos débiles del acreedor”. Y todo ello para ser capaz de encontrar el camino del recobro. Que a veces pasará por el diálogo, otras por el asesoramiento, otras por la amenaza y otras por una repercusión social negativa. Como asegura Brachfield, “si se trata de alguien de elevada posición social, a lo mejor le convences haciéndole ver que alguien de su posición en la comunidad no debe verse envuelto en disputas antes que con amenazas”. Cuenta Brachfield que, en su dilatada carrera se ha encontrado con situaciones variopintas en las que ha “convencido” a los deudores de las más variadas formas. Una de las más llamativas fue “la del partido marxista leninista que no pagaba los plazos del vehículo que había adquirido. Tras insistir varias veces, avisé de que me llevaría en prenda un enorme busto de bronce de Lenin que tenían en su sede. A partir de entonces, pagaron siempre”.

Para dar respuesta a esta situación compleja, la AEGPC ha impulsado junto con la Universidad Camilo José Cela el Curso Superior Universitario de Expertos en Gestión de Cobros de Deudas “con el objetivo de formar a quienes a futuros profesionales del cobro, pero también de poner una primera piedra con vistas a la regulación de la profesión”. Como asegura Oriola, presidente de la asociación, la intención última es conseguir que este sector cuente con una normativa propia. “En España no se ha regulado esta profesión, lo que ha dado lugar a que aparezcan gestoras de cobro que en ocasiones incumplen la legislación vigente y tratan de forma vejatoria al deudor. Hay una necesidad urgentísima de legislar quien puede hacer gestión de cobro: queremos que haya gente en el sector que tenga formación, derechos y obligaciones”. Una aspiración que probablemente consigan en breve.

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