Ene
17
El día que descubrí el iPhone y Facebook
Mis conocimientos tecnológicos a nivel de usuario son tan básicos que hasta mis hijos me definen como un fósil analógico. Pero por poco tiempo, porque he empezado a ponerme al día. Los Reyes me han traido un móvil táctil iPhone y ya tengo página en Facebook. “¡Guau, qué progreso!”, me han dicho con sorna mis descastados vástagos.
Es un inicio, digo yo. Lo único que necesito es que Steve Jobs (Apple), Steve Ballmer (Microsoft), Larry Page (Google), Olli-Pekka (Nokia), Mark Zuckerberg (Facebook), Jeff Bezos (Amazon), Craig Barrett (Intel) y Larry Ellison (Oracle) estén un par de meses quietecitos, sin inventar nada, hasta que consiga ponerme un poco al día en esto de la tecnología.
En Nochebuena me sentí un ignorante cuando algunos familiares empezaron a discutir si era mejor Android o Symbian, de lo bueno que era el streaming para oir música, y de que el cloud computing iba a revolucionar el mercado. Intenté entrar en la conversación cuando hablaban de modelos de negocio (“de esto algo sé”, me dije), pero alguien empezó a hablar del freemium y tuve que tirar la toalla.
Este año ya no me pillan, porque he empezado a estudiar. Ya sé que Android es el sistema operativo (como el Windows de los ordenadores) inventado por Google para los teléfonos móviles, y que llevo años utilizando el sistema operativo Symbian -que es el de Nokia- sin saberlo.
El cloud computing es usar programas de software, como el Word, desde Internet sin necesidad de instalarlos en el ordenador. El streaming consiste en escuchar música de una web sin descargarla en el PC, y el freemium (resultado de la unión de free -gratis- y premium -valor añadido-) es el sistema que utiliza, por ejemplo, la web de música Spotify para intentar ser rentable. Ofrece un catálogo musical de seis millones de canciones a cambio de escuchar cuñas publicitarias. Si se quieren evitar los anuncios, o si yo deseo acceder a Spotify desde mi iPhone -en el caso de que supiera- la única opción es suscribirse por 9,99 euros al mes.
Como se nota que algo ya voy aprendiendo. También me he enterado que Google intenta ofrecer gratis el Spotify de pago a los compradores de su móvil táctil Nexus One como reclamo para intentar desbancar al iPhone de Apple. Porque aunque Google y Apple estaban aliados para luchar contra Microsoft, ahora se ha desatado entre ellos una frenética carrera por lanzar al mercado artilugios cada vez más sofisticados. Y claro, yo cada vez me quedo más rezagado.
Llevo 15 días intentando domesticar al iPhone y no hay manera. Hago malabarismos con el dedo para escribir un mensaje y siempre me equivoco de letra. Y no les digo nada si hay que poner una ñ o un acento. Estoy deseando avanzar porque por lo visto la App Store -la tienda de Apple- ofrece más de 100.000 aplicaciones para hacer con el iPhone.
Algunas son tan útiles como convertir el móvil en la espada láser de Star Wars (cómo voy a presumir en la redacción haciendo de Dart Vader), en una linterna, o en un nivel (por si me tengo que reconvertir en albañil). Reconoce canciones de la radio, identifica monumentos y hasta me da la hora de Brasil. Quién no se pregunta todos los días qué hora será en Río de Janeiro.
Mi gran problema es que en las dos semanas que llevo batallando con el iPhone, Google ha presentado su móvil Nexus One, Microsoft ha lanzado un Tablet PC, que es del tamaño de una cuartilla y en el que se pueden leer libros electrónicos (e-books), ver vídeos y televisión, y practicar con los videojuegos.
Apple va a sacar un ingenio similar en unos días. Y Lenovo y Qualcomm me han complicado aún más la sopa de letras y han lanzado un smartbook, que no es un notebook (portátil ligero), ni un netbook (portátil barato para conectarse a Internet), ni un smartphone (teléfono inteligente), ni un e-book (libro electrónico).
¿Y entonces qué demonios es? Parece ser que se trata de un portátil con una batería que dura 10 horas, el doble de lo habitual, que siempre está encendido, y que basta tocar una tecla para llamar o para conectarse a la Red. Pero es que ahora me amenazan con las pantallas que se doblan y con la televisón en 3D. ¿Pero si todavía no he asimilado lo de la TDT?
Lo de apuntarme a Facebook ha sido obligado, porque ya sólo quedábamos fuera de la red social un ucraniano y yo. Hasta ahora no le he sacado mucho partido, porque me decían que iba a hacer muchos amigos, y todavía no tengo ninguno. Aprovecho la ocasión por si alguien quiere hacerse amigo mío, que no lo dude, porque estoy por invitar al ucraniano.
A Tuenti no me he apuntado porque mis hijos no me dejan, dicen que es para adolescentes, pero yo sé que ahí están ellos con sus amigos, y se avergüenzan del fósil analógico. Y tampoco estoy en Twitter, porque no encuentro sustancia en que alguien escriba para decir que en ese momento se está tomando un helado delicioso (ver el divertido artículo “Esos gurús de Twitter”, publicado por Tino Fernández en su blog de expansion.com).
La verdad es que estoy descubriendo un mundo apasionante… y llegaré a la apoteosis cuando el malévolo iPhone escriba la letra que yo marco con el dedo. Adiós al fósil analógico.
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